Psicológica-mente

SIN SALIDA (aparente).




Muchos conocerán la sensación de haber emprendido una y otra vez el mismo e infructuoso camino. Cuál es el motivo para que esto ocurra? Las causas pueden ser variadas. En primer lugar, el desconocimiento. Habiendo otras alternativas pudimos no haber advertido que existen otros y mejores caminos. En ese caso, la solución pasa por ampliar la mirada y abrir un poco más su abanico de posibilidades.

Pero no todo pasa por el conocimiento o la falta del mismo. Muchas veces, sabemos qué otras cosas podríamos hacer, o nos las han hecho ver, y aún así persistimos en adentrarnos por los mismos y repetidos callejones sin salida. Aquí ya no se trata de inexperiencia ni de mandatos impuestos que impidan ver las otras opciones. A veces claramente no es el momento de cambiar de rumbo, lo cual no quiere decir que esto no ocurra más adelante.
Otras, las más de las veces, el cambio de vías exige un esfuerzo para el cual no nos sentimos preparados o dispuestos a afrontar. En ese caso es como si una pared más o menos invisible se encontrara enfrente nuestro y nos impidiera avanzar. Aquí, la ilusión que habrá que desmoronar, será la que nos hace ver tal obstáculo como si estuviera afuera de nosotros mismos, cuando en realidad se trata, una vez más, de nuestros propios impedimentos internos.




AQUIÉTESE ANTES DE USAR.


Aquietarse lleva un gran trabajo, el más difícil y, a la vez, el más sencillo de todos. Cuando lo pienses de antemano imaginarás que es una tarea difícil, pero cuando lo hayas logrado, aunque sea por un segundo, sentirás que era más fácil de lo que parecía. No obstante, es importante, no confundir quietud con inactividad. A la quietud se puede llegar por distintos caminos, por suerte hay varios, para que cada uno encuentre el que mejor le sirva. En el cuerpo tenemos la herramienta de la respiración. En la mente encontramos el recurso de la reflexión. Y en el corazón están siempre disponibles el amor y la compasión.




CONTÁ CONTIGO.


Es importante contar con los demás en determinados momentos. Pensemos en un niño que necesita inexorablemente de su madre para sobrevivir los primeros meses o años de vida. O en cualquier persona adulta que necesita apoyarse en sus seres queridos en un momento de dificultad. Este apoyo externo pues, en algunos momentos puede sernos de gran ayuda. Pero si continúa estando presente por demasiado tiempo -asistiéndonos cuando ya disponemos de recursos propios- termina siendo perjuicial al frenar nuestro desarrollo. En estas circunstancias, será preciso que nos preguntemos, si contamos con nosotros mismos para afrontar los obstáculos y dar los pasos que necesitamos para seguir creciendo. Por lo tanto, si ya sos grande, queres serlo, o estás en vías de lograrlo: en las buenas y en las malas, no lo olvides, contá contigo.




ENOJÁNDO-NOS.


Por lo general, cuando nos enojamos, solemos estar enfrentados con algo. Ese algo puede ser otra persona, una parte de uno mismo, o bien algo más impersonal como la vida o el destino. También puede ser un obstáculo -interno o externo-, o bien una situación –pasada o presente- . Siempre que nos enojamos estamos comparando al menos dos cosas, por un lado está lo que esperábamos que ocurra y por otro lo que realmente ocurrió. Es por esto que al enojarnos siempre estamos separados o divididos.
Este primer movimiento de alejamiento es necesario para advertir la mencionada diferencia. En este momento el enojo es la alarma que nos permite tomar conciencia de la distancia entre lo anhelado y lo obtenido. Por eso se dice que el enojo tiene una función muy importante en este sentido y que no es conveniente ocultarlo ni reprimirlo.
No obstante, este primer movimiento es sólo el primer paso y existe el peligro de quedar atascados en esta etapa, si nos ocupamos solamente de advertir esta tensión y limitarnos simplemente a descargarla de diferentes formas, lo cual es sólo una solución a corto plazo.
Por este motivo, si queremos que el enojo no vuelva a presentarse nuevamente, es necesario realizar un segundo movimiento, que consistirá en hacer algo para acercar ambas orillas. Esto puede implicar ponerse en los zapatos del otro y ver las cosas desde su lugar -cuando el enojo se dirige hacia otra persona por lo que hizo-. También puede consistir en acercarse y conectarse con uno mismo, con nuestros aspectos menos fuertes, para aceptarlos en primer lugar y luego ayudarlos o tratarlos con cariño -en el caso de que el enojo haya sido con uno mismo-.
Recién después de este segundo movimiento será posible y fructífero cualquier intento de solución, como por ejemplo dialogar con los demás o con nosotros mismos. Aunque en muchos casos, esto quizás ya no sea necesario. Muchas veces este ejercicio sirve para advertir que el enojo surge inútilmente, por ejemplo ante una situación o aspecto de la realidad, tanto ajena como propia que, por lo menos por el momento, no es probable que se modifique. En estos casos la aceptación inicial puede ser capaz de impedir que la alarma del enojo, útil en otros momentos, se active nuevamente y vuelva a sonar en vano, cuando ya no sea necesaria.




LUZ, CÁMARA, ACCIÓN (nuestras decisiones de cada día).


Dicen que las resoluciones importantes hay que tomarlas con la cabeza fría y los pies bien puestos sobre la tierra. Comparto lo de los pies bien apoyados sobre el suelo pero, cuando de decisiones se trata, pienso que siempre conviene hacerlas con la mente abierta y el corazón a temperatura ambiente. De nada sirve basar nuestras decisiones solamente en nuestras emociones y de nada sirve anularlas por completo durante todo el proceso. Sugiero un plan que incluya tres pasos básicos: luz, cámara y acción.
El primer paso implica echar luz sobre la cuestión, esto es, crear las condiciones para ver. Por ejemplo, si estamos tristes o enojados será preciso equilibranos y salir de tales estados antes para generar un contexto que favorezca el razonamiento.
Una vez que esto ocurre, recién ahí estamos en condiciones de ver. Este segundo paso implica recortar la realidad que vamos a examinar como si estuviéramos mirándola a través de la lente de una cámara, teniendo en cuenta que ésta puede y debe examinar la escena desde varios ángulos o puntos de vista antes de registrar la toma, lo cual equivaldría a tomar una resolución, eligiendo la mejor opción entre varias alternativas posibles.
Recién después de esto, llega el momento de pasar a la acción, es decir, de poner a prueba la decisión elegida y evaluar sus resultados, luego de lo cual, decidiremos si tenemos que repetir la toma o adoptar un nuevo ángulo.  
En este proceso, será necesario pues, entibiar las emociones de manera que estén presentes pero no obstaculicen la visión a través de la cámara, nuestra mente; y a la vez, saber cómo precalentar este instrumento de reflexión de manera que al usarlo sea lo suficientemente blando y flexible como para poder cambiar de rumbo si fuera necesario.  






AUTOCONCIENCIA Y LIBERTAD EMOCIONAL
Pasos para desactivar nuestro piloto automático.



La mayoría de las veces no podemos elegir cómo sentirnos ante determinadas circunstancias, pero lo que sí podemos determinar es cuál podría ser la mejor forma de responder ante las mismas.
En algunos casos las emociones suelen dispararse con la fuerza de una reacción volcánica, y expresarse en acciones de forma violenta e irrefrenable. En ciertas ocasiones está bien que las cosas ocurran de esta manera. Por ejemplo, si estamos siendo atacados por alguien, el miedo o el enojo que surgen en nuestro interior tienen una función importantísima para nuestra preservación y supervivencia, poniendo en marcha los necesarios actos de huida o de ataque.
No obstante, y exceptuando estas situaciones más o menos límites, la mayoría de las veces tenemos algún margen de elección voluntaria para elegir como reaccionar ante una situación apremiante, pero por alguna razón (ignorancia, comodidad, etc.) decidimos seguir en piloto automático, reproduciendo siempre las mismas reacciones y soluciones conocidas y aprendidas, aunque sean fallidas.
Para esto es necesario en primer lugar poder identificar cuáles son las situaciones en las que reaccionamos involuntariamente y, de ellas, las que requerirían que abordemos de una forma más consciente, saliendo de nuestro plan de ruta habitual.
Luego de saber cuáles son las situaciones en las que queremos aprender a reaccionar diferente es necesario estar atentos al momento en que surgen las emociones que disparan las acciones que queremos modificar, para así poder encontrar un modo de frenar a estas últimas (recordando que no podemos cambiar lo que sentimos pero sí lo que decidimos hacer con lo que sentimos en determinada circunstancia).
Los modos de frenar los impulsos pueden ser variados y dependerán de cada persona o la situación. Será necesario crear o poner en práctica algunas alternativas y elegir las que le resulten más efectivas (ej. interrumpir una conversación para continuarla en otro momento, respirar o relajar el cuerpo con alguna actividad física, buscar otras vías de descarga de la tensión acumulada, considerar otros puntos de vista diferentes al propio y examinarlos antes de dar una respuesta o tomar una decisión, etc.).
No es un trabajo fácil pero sí algo posible de lograr. Llevará tanto tiempo, esfuerzo y dedicación como el que llevamos descansando en nuestros propios hábitos. Difícil? Si. Para todos? No. Ahora? No necesariamente…
Primero tendremos que ver si estamos dispuestos a hacer este cambio y, aún así, si es el momento adecuado. Si no lo es, habrá que aceptarlo sin perder la esperanza y teniendo en cuenta que seguramente el futuro nos brindará nuevas ocasiones y oportunidades para replantearnos nuestro accionar y asumir este trabajo tan necesario para nuestra evolución: apagar nuestro piloto automático y comenzar a asumir el control y la responsabilidad sobre nuestros actos.


HACETE LA PELÍCULA.
Si pensáramos en que la vida es como una película ¿qué tipo de film nos gustaría ver o proyectarle a los otros? ¿de qué género sería la película de nuestra vida? ¿este iría variando a lo largo de las diferentes etapas o momentos? ¿qué roles preferiríamos ocupar durante la filmación? ¿serían una o varias películas? ¿haríamos una saga? ¿cuánto querríamos que dure?
Son preguntas que quizás no nos hacemos a menudo, o por lo menos no de esta manera. Quizás porque tal vez no somos tan conscientes de todas las posibilidades que tenemos para decidir sobre estas cuestiones relativas a nuestra propia vida.
¿Y cómo podríamos usar los diferentes recursos cinematrográficos para manejar algunas situaciones o editar el curso de nuestro film?
Por ejemplo, si por regla general, o en determinado momento, vemos que la ansiedad nos está acelerando física y/o mentalmente, ¿podríamos salir en ese momento del rol de actor y sentarnos en el sillón del director para decidir que es momento de avanzar en cámara lenta?
Y si necesitáramos en ocasiones dar lugar a la tristeza, dejar que ésta surja, se manifieste y libere de alguna manera, ¿qué diálogos escogeríamos para tal fin? ¿con qué personas decidiríamos interactuar y con cuáles no? ¿qué música escogeríamos para poner de fondo? ¿dónde trasnscurríria la escena? ¿cuál sería la iluminación más propicia?
Si en algún momento fuéramos presa del enojo, ¿mediante qué tomas o puntos de vista elegiríamos grabar lo ocurrido? ¿cómo lo resolveríamos?, ¿dónde congelaríamos la escena? ¿cómo haríamos para pasar a otra en la que el conflicto estuviera resuelto o asumido?
Y si se tratare de decisiones más importantes, esas que cambian radicalmente el curso de nuestras vidas, ¿haríamos antes una revisión de las escenas anteriores o no?, ¿anticiparíamos algunos posibles fragmentos futuros? ¿seríamos capaces de dar un giro de ciento ochenta grados en nuestro camino?
Y ya a avanzados en la trama, ¿vislumbraríamos un final feliz o sombrío?, ¿esperable o sorpresivo? Sobre el final, ¿qué cosas querríamos destacar en los títulos? ¿qué pondríamos en los créditos? ¿a qué o quienes agradeceríamos?
En fin, todo eso podría estar en nuestras manos, porque el final aún no llegó.
Continuará...



No lo olvides...